Luego más bistec, cuando todavía tenía hambre.
—Te tomaste la medicina —dijo, pasándome finalmente la mano por la coronilla mientras el sueño volvía a abrumarme los párpados. Su tacto era rígido, y no del todo natural, pero aun así era agradable.
—Cuando estuve a salvo—, acepté adormilado.
Su pecho retumbó. «Estás a salvo con mi mochila, princesa».
—Estoy segura contigo.—
—Siempre. —Su mano volvió a acariciarme el pelo. Esta vez me pareció más natural—. Necesito que te tomes otra pastilla. El d