—¿Entonces no hasta que me obligues a sellar el vínculo durante la próxima luna llena? —pregunté arrastrando las palabras. El sarcasmo era tibio después de mi llanto, pero los ojos color miel de Enzo se iluminaron un poco de todos modos.
Me besó la frente, me bajó de la encimera hasta ponerme de pie y luego salió de la habitación.
Me pasé la mano por la parte superior del pelo. Estaba parado en ángulos extraños, como si lo hubieran tirado unas manos gigantes.
Tampoco iba a pensar mucho en eso.