Mi lobo gruñó y me acerqué a la cama, arrancándole las mantas de las piernas para mirar con el ceño fruncido sus heridas. Al ver que solo tenía un pie vendado y el otro perfectamente bien, me detuve.
—¿Qué te pasa?—, refunfuñó, quitándome la manta de la mano y volviéndosela a poner sobre las piernas. Solo llevaba puesto un sujetador deportivo y los shorts diminutos que había usado en mi ducha el primer día.
Ella lucía tan jodidamente bien.
—Hay dos botas en el suelo.—
—Oh. —Cerró la tapa del es