—Tranquilízate, Ángela —dice Nikolai, su voz suave y calmada. —Solo te voy a dar un masaje.
—¿Eres maestro de los masajes? —pregunta Ángela, intentando relajarse.
Nikolai se ríe.
—Sé algo —dice. —Y quiero que te relajes y disfrutes.
—Está bien —dice Ángela, asintiendo.
—No voy a hacer nada inapropiado —insiste Nikolai. —Nada que tú no quieras, nada que tú no necesites.
Se miran intensamente a los ojos, la conexión entre ellos palpable. Nikolai acaricia la espalda de Ángela con la yema de sus de