Las luces fluorescentes del hospital parpadeaban con una frecuencia hipnótica que hacía que los ojos de Victoria se sintieran pesados. El pitido constante del monitor cardíaco marcaba el ritmo de su ansiedad mientras contemplaba las cifras rojas que seguían siendo una advertencia silenciosa: 162/105. No había mejorado en las últimas seis horas, y cada minuto que pasaba era un minuto menos que tenía para salvar a su bebé.
La puerta se abrió con el característico sonido metálico que había llegado