El pitido constante del monitor cardíaco se había convertido en una sinfonía de advertencia que Victoria ya no podía ignorar. Las cifras rojas parpadeaban en la pantalla como semáforos de peligro: 165/108. Sus ojos seguían fijos en el techo blanco del hospital mientras las horas se arrastraban con una lentitud tortuosa. El reloj digital marcaba las tres de la madrugada, y el sueño parecía un lujo inalcanzable.
Si termino el embarazo, Gabriel gana, pensó por milésima vez, sus dedos entrelazándos