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El desayuno transcurrió en un silencio que cortaba el aire como un cuchillo. Victoria removía mecánicamente los huevos revueltos en su plato, sin probar bocado, mientras Alejandro leía el periódico con una concentración exagerada. Los gemelos, ajenos a la tensión que saturaba el comedor, parloteaban entre ellos en su idioma secreto de niños de tres años.

Carolina entró desde la cocina, secándose las manos con el delantal. Sus ojos recorrieron la mesa con la sabiduría de quien había criado hijos y sabía reconocer las tormentas domésticas.

—¿Alguien quiere más café? —preguntó con voz deliberadamente alegre.

Alejandro dobló el periódico con movimientos precisos. —Yo ya terminé. Gracias, Carolina.

Se levantó sin mirar a Victoria, besó la frente de cada gemelo y se dirigi&oacut

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