Mundo ficciónIniciar sesiónLa medianoche llegó con el peso de las decisiones irrevocables. Victoria detuvo el motor del automóvil prestado a un kilómetro de la capilla de Santa Ana, donde las luces de la ciudad se desvanecían como estrellas moribundas. El viento nocturno arrastraba el aroma a tierra húmeda y abandono que emanaba de la estructura del siglo XVII, olvidada por el progreso y devorada por el tiempo.
—Esperenme aquí —murmuró a Alejandro y Valeria, quienes ocupaban los asientos traseros—. Si no regreso en una hora, llamen a los federales.
Alejandro extendió la mano hacia su hombro.
—Victoria, esto es una trampa evidente. Carolina podría estar trabajando con ellos.
—Lo sé —respondió sin voltear—. Pero son mis hijos.
El sendero hacia la capilla serpenteaba entre maleza crecida y lápidas caídas del cementerio anexo. Victoria caminó







