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La mejilla de Victoria ardía con fuego que iba más allá del dolor físico de la bofetada, penetrando capas de piel y músculo hasta alcanzar algo más profundo que se sentía como su alma siendo marcada con hierro caliente que grabaría esta humillación en su memoria para siempre, mientras las lágrimas caían por su rostro sin permiso de su voluntad que había decidido que no lloraría pero su cuerpo traicionaba esa resolución con cada gota salada que corría hacia su mandíbula.

Toda la prisión la miraba. No solo las prisioneras que formaban círculo inmediato alrededor de la escena que Evangelina había orquestado como teatro cruel, sino también las guardias que se habían detenido en sus rondas para observar

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