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La celda de la prisión federal olía a desinfectante industrial mezclado con desesperación humana condensada, pero Evangelina Santibáñez estaba sentada en su catre como si fuera trono de seda y no colchón delgado que apenas separaba su cuerpo del concreto frío, con su traje naranja de prisionera luciendo como declaración de moda en lugar de uniforme de humillación.<

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