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La celda de la prisión federal olía a desinfectante industrial mezclado con desesperación humana condensada, pero Evangelina Santibáñez estaba sentada en su catre como si fuera trono de seda y no colchón delgado que apenas separaba su cuerpo del concreto frío, con su traje naranja de prisionera luciendo como declaración de moda en lugar de uniforme de humillación.

Tres días habían pasado desde su arresto a las tres de la madrugada, cuando los agentes federales habían irrumpido en su mansión de Colinas del Valle con orden de cateo que invalidaba décadas de conexiones políticas y sobornos cuidadosamente cultivados. Tres días sin su ejército de abogados que peleaban desde el exterior mientras ella permanecía encerrada con

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