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El ultimátum de Don Héctor resonaba en la mente de Victoria como campana funeraria anunciando su propia ejecución: dos horas para presentarse en su oficina o todo lo que amaba ardería en cenizas que ningún bombero podría apagar, mientras Isabela acunaba a su hijo recién nacido contra su pecho con ternura que contrastaba obscenamente con la violencia que los había tra&iacu

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