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El ultimátum de Don Héctor resonaba en la mente de Victoria como campana funeraria anunciando su propia ejecución: dos horas para presentarse en su oficina o todo lo que amaba ardería en cenizas que ningún bombero podría apagar, mientras Isabela acunaba a su hijo recién nacido contra su pecho con ternura que contrastaba obscenamente con la violencia que los había traído a este momento de gracia robada.

El bebé era un varón pequeño y perfecto, con los ojos cerrados en sueño que ignoraba completamente el hecho de que había estado muerto durante veinte segundos eternos. Isabela lloraba lágrimas que eran mitad alivio y mitad terror residual, con su rostro todavía pálido por la pérdida de sangre que había convertido l

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