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El hombre que Victoria había creído que era su padre biológico llevaba treinta y cinco años muerto, asesinado por Evangelina para borrar el secreto de que los hermanos Santibáñez no eran hermanos, sino primos cuya verdadera parentela había sido enterrada con el gemelo olvidado.

Victoria sintió que las palabras de la carta de su madre flotaban en el aire de la habitación del hospital como fantasmas que se negaban a desaparecer. Su cerebro luchaba por reorganizar décadas de mentiras en algo que pudiera parecerse a la verdad. Diana estaba sentada frente a ella con los ojos brillantes de lágrimas no derramadas, sosteniendo una caja de documentos que había traído consigo. Una caja que olía a papel viejo y secretos enterrados demasiado tiempo.

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