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El cuarto de pánico del penthouse de Alejandro tenía paredes de acero de quince centímetros, provisiones para tres días, y un monitor que mostraba en tiempo real cómo dos sicarios golpeaban a Alejandro en la sala.

La oscuridad del cuarto de pánico era absoluta al principio, el tipo de negro que hacía que Victoria cuestionara si sus ojos estaban abiertos o cerrados. Luego las luces de emergencia parpadearon con vida, bañando el pequeño espacio con un resplandor rojo que hacía que todo pareciera cubierto en sangre. El cuarto no era más grande que un closet generoso, con paredes de acero pulido que reflejaban la luz tenue en fragmentos distorsionados. Victoria podía ver su propio rostro multiplicado en las superficies metálicas, cada reflejo mostrando una v

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