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Gael no durmió.

Eso, en sí mismo, no era extraordinario. Había noches en que el sueño simplemente decidía no aparecer, como un invitado que confirmó asistencia y luego no se presentó sin dar explicaciones. Lo que sí resultaba inusual era que esta vez no lo intentó. Se quedó sentado frente al escritorio del despacho temporal con el portátil abierto y los codos sobre la mesa y la extraña certeza de que ce

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