Cuando desperté, lo primero que vi fue la imponente lámpara colgando del techo de la habitación. Tomé aire profundamente, tratando de ordenar mis pensamientos, y me senté en la camilla. Al girar la cabeza, vi a mi madrastra, Ana, descansando en un sofá cercano. Su postura era tensa, como si no hubiera dormido bien. Pobre, ella que siempre ha sido muy buena conmigo, ahora que todo esto me ha pasado es cuando aprecio lo que ella siempre ha hecho por mí.
—Ana —la llamé con la voz aún ronca; sentía