Inglaterra.
El niño lloraba desconsoladamente mientras Ivar lo golpeaba como si fuera un animal salvaje. Y eso era lo que quería de él: que se convirtiera en un animal, uno leal que nunca mordiera la mano que lo alimentaba.
—Ma-ma —lloriqueó el pequeño al verme, sus ojos llenos de lágrimas y miedo.
Me acerqué con calma, apartando a Ivar.
—Me molesta verlo —dijo Ivar de mal humor.
El niño caminó hacia mí, extendiendo sus pequeños brazos en busca de consuelo.
—¿Te duele, pequeño animalito? —le pr