Me senté en la cama, mirando fijamente la puerta; mi corazón me gritaba que corriera a buscarlo, mi cuerpo necesitaba con urgencia el suyo, pero la razón no me lo permitía. Yo me había metido en este enorme problema, y conmigo terminaría. No podía simplemente lanzarlo a la hoguera; no era justo para él, y mucho menos para nuestro hijo.
La puerta se abrió, entrando un Ivar furioso. Se detuvo en la mitad de la habitación, cerró los ojos y respiró profundo.
—Estuvo aquí —dijo.
Abrió los ojos y me