Ivar me encerró en su habitación. Con lo que había dicho frente a todos ellos, alejarme era suicidio. —Buscaré la manera de revertir esto, o la manera en la que pueda matarte sin que me pase nada a mí —me dijo furioso.
Yo me senté en la cama y lo miré. —Puedes hacer lo que se te dé la gana. Tú estás atado a mí, hagas lo que hagas —le dije.
Él se acercó a mí y me encaró. —Si no puedo vivir tranquilo, tú tampoco lo harás. Te juro que mataré a cada una de las personas que te importan —me amenazó.