El error fue pequeño.
Eso era lo que lo hacía insoportable.
Callie se dio cuenta en el instante en que ocurrió: la mínima demora en su respuesta, la bandeja inclinada demasiado tarde, la forma en que levantó la vista cuando deberían haber permanecido baja. El error fue tan sutil que solo alguien que lo buscara lo notaría.
Alguien como Darian.
El pasillo estaba lleno de sirvientes que se cruzaban, murmullos, la constante y silenciosa coreografía de la vida palaciega. Callie se corrigió de inmediato, recuperando la postura, las manos firmes de nuevo.
Demasiado tarde.
Lo sintió antes de oírlo: ese cambio en el aire, la invisible concentración. Darian estaba al otro extremo del pasillo, hablando con un mayordomo, con expresión neutral.
Pero su mirada la fijó.
No aguda.
Medida.
Tragó saliva, con el pulso acelerado.
El mayordomo terminó de hablar y siguió adelante. Darian no la siguió. En cambio, se giró, lentamente, y caminó hacia ella. Cada paso parecía una cuenta regresiva de la que no p