Callie había aprendido los ritmos del palacio como las presas aprenden el bosque: escuchando, percibiendo las pausas entre el peligro y la seguridad. Sabía qué pasillos dormían al anochecer y cuáles permanecían alerta. Sabía cuándo la presencia de Darian se tragaba alas enteras del palacio y cuándo su ausencia dejaba ecos.
Se suponía que esta sería una de esas horas de tranquilidad.
Cargaba sábanas dobladas por el pasillo oeste, con pasos ligeros, sus pensamientos en otra parte: en el dolor de