La luz de la mañana atravesaba las celosías de piedra caliza del Salón del Consejo Real como lanzas que buscaban secretos entre las sombras de las columnas. Neferet permanecía de pie junto al trono de Amenhotep, con las manos entrelazadas frente a su cuerpo para ocultar el temblor que había comenzado en el momento en que los guardias habían abierto las puertas masivas de cedro. El aire transportaba el aroma del incienso de mirra, pero también algo más: el olor metálico del miedo que ninguna can