La luz del amanecer atravesaba las celosías de piedra caliza del comedor privado como dedos acusadores que buscaban secretos en cada sombra. Neferet mantenía las manos quietas sobre el lino de la mesa, los dedos entrelazados con una calma que requería toda su concentración. El plato de higos y dátiles frente a ella permanecía intacto. El aroma del pan recién horneado que normalmente le abría el apetito ahora le revolvía el estómago.
Tres días.
Las palabras de la nota de Thutmose resonaban en su