Dentro de la cueva húmeda y fría, Phoenix se acomodó con dificultad, tratando de encontrar una posición que aliviara la presión en su vientre. Los vientos aullaban con una intensidad aterradora, azotando la entrada de la cueva como si quisieran arrancar la roca de la montaña. Afuera, Turin se mantenía firme, su cuerpo rígido, atento a cada movimiento en el campo de batalla que se desarrollaba a la distancia. Las corrientes de aire llevaban el olor metálico de la sangre y el rugido de la guerra,