Willow solo gimió, no respondió ni cuestionó más al anciano. Aurelius abrió bien las piernas de la concubina y comenzó a chuparla nuevamente. Con sus dedos gordos forzando para entrar en su sexo, ella empezó a apretarse, pues sentía que él no ponía solo tres dedos, sino toda su mano.
“Me vas a desgarrar,” se quejó Willow. En ese momento, Aurelius se excitó más y dijo en voz alta:
“Te quiero completamente desgarrada, dándomelo todo. Ahora mueve ese trasero.”
Ella no dijo nada, suspiró y comenzó