El pasillo del palacio estaba silencioso, pero el sonido de los pasos de Lady Evelyne Rivestone resonaba como una tormenta de ira contenida. Su expresión era rígida, los labios apretados en una línea fina, y las manos crispaban la tela del vestido, como si apenas pudiera contener su indignación. Mientras atravesaba las amplias galerías iluminadas por candelabros, la mente de Evelyne hervía. No podía creer lo que había presenciado esa mañana.
Al llegar a la puerta del despacho del duque Karl D