Lucian contuvo el aliento. Por un instante, Arabella pensó que la apartaría de un empujón.
Pero entonces la atrajo hacia sí, con los labios chocando en un beso que parecía más un castigo. Era áspero, implacable, con los dientes rozando su boca hasta que el sabor a hierro inundó sus sentidos. Arabella gimió, no de placer, sino de triunfo: él estaba cediendo.
La levantó bruscamente, barriendo la mesa con un brazo. Platos de plata, copas de cristal, todo cayó al suelo en un estruendo cacofónico. A