DAMARIS.
El pesado pestillo de latón encajó perfectamente en su lugar, sellando la suite principal.
Me quedé en el pasillo, con la mano aún descansando sobre el metal frío de la manija. Detrás de esa puerta, la Reina Nacida de la Luna dormía, su aura divina y estrellada envolviendo mi alma como una atadura permanente e irrompible. La antigua y agónica maldición que había definido toda mi existencia estaba muerta. Era un hombre renacido.
Pero aquí afuera, en el pasillo brillantemente iluminado,