CRYSTAL.
"Querías ver a la callejera. Bueno, aquí estoy".
El silencio que siguió a mi declaración fue absoluto, roto solo por el viento silbante de los Bosques Huecos y la respiración patética y entrecortada de los cincuenta mercenarios arrodillados en la tierra a nuestro alrededor.
Isolde me miró fijamente. Su pecho se agitaba tan violentamente que parecía que sus costillas se iban a hacer añicos de adentro hacia afuera. La Luna del Este, aristocrática y mimada, había desaparecido por completo