El camino parecía ser tan largo, y ni así sería suficiente para Samia, que deseaba no se terminara jamás, pues al final de este les esperaba lo peor a ella y a dos que amaba.
El silencio en el que caminaban era brutal, y el ardor de sus pies era tan desgarrador que tan solo se comparaba con lo que estaba sintiendo su corazón temeroso.
Estaba entrando la tarde cuando ellos, con los pies deshechos por tanto caminar, y con algunas heridas por las caídas que habían sufrido en el camino, cruzaron la