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El sol se había puesto por fin, recordando a todos que el día había terminado y que la noche había tomado el relevo. Isabella bostezó agotada tanto por el cansancio como por el hambre. Le recordó que no había comido nada digno en todo el día. Suspiró cuando por fin apartó la cabeza de apoyarla en la ventana y contempló el exterior. Arrugó ligeramente las cejas mientras miraba a Enrique. Sus brazos permanecían cruzados sobre el pecho mientras sus ojos estaban cerrados, aparentemente dormidos, pe
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