Mundo ficciónIniciar sesión
Tan pronto como su cuerpo es alzado y colocado contra la pared de la habitación, sus piernas se envuelven en torno a las caderas del más alto y sus manos buscan quitarle la ropa de una forma tan desesperada que alcanza a escuchar el sonido de la tela al rasgarse bajo sus dedos. El silencio de la habitación rápidamente desaparece bajo el peso de los jadeos que se les escapan y sus respiraciones agitadas.
Y es que, en ese momento, no existen palabras capaces de abrirse paso entre el torbellino de deseo que los consume a ambos; solo están reaccionando ante el sonido de sus corazones golpeando con violencia dentro de sus pechos y el calor insoportable que parece incendiar cada rincón de sus cuerpos.
Cuando el demandante beso del más alto le exige el mismo compromiso y entrega a su boca, Alison siente que el aire deja de existir. La cercanía de él resulta embriagadora. El aroma profundo e intenso que se desprende de sus feromonas la envuelve hasta hacerle olvidar dónde termina ella y dónde comienza el resto del mundo.
Por primera vez desde que se presentó como Omega dominante, su rut ruge dentro de sus venas con una fuerza tal que jamás imaginó posible volver a sentir; y es que su loba le está exigiendo algo que su mente todavía se esfuerza por comprender.
Cuando las manos de su compañero de cama recorren su cuerpo hasta posarse sobre su pecho, siente cómo sus manos se cierran sobre la tela y esta es estirada con fuerza hacia los lados hasta que los botones de su camisa saltan. Solo en ese momento un breve rayo de lucidez cruza entre el caos de lujuria, placer e instinto que domina su mente, haciéndola razonar durante unos segundos.
—No… espera… —pide; su voz apenas es un susurro quebrado.
Ante sus palabras, las manos del Alfa se detienen por un momento, aunque su pecho continúa subiendo y bajando con violencia debido al deseo. Alison alza una mano temblorosa hasta el rostro del hombre y la posa sobre su mejilla, siendo entonces consciente de lo que está ocurriendo y, sobre todo, de con quién.
«¿Pero qué carajos crees que estás haciendo?», se reprocha internamente. «Es el insufrible de Fenrir D’Merak. Reacciona, ¡no puedes acostarte con tu jefe!».
Mientras cada fibra de su ser busca sujetarse con fuerza a ese último instante de racionalidad, el bajo gruñido que recibe por parte de Fenrir le deja en claro que él no siente ningún placer al haber sido detenido y mucho menos al perder su atención.
También es en ese momento cuando nota algo más.
«Sus ojos…»
Esperaba que existiera algún tipo de oportunidad, aunque fuese mínima, de poder negociar y hacerle ver el error que están por cometer; pero ahora puede ver que en sus ojos no queda ningún rastro del azul tan característico de los Alfas dominantes.
En su lugar, solo está ese profundo tono ámbar del lobo que brilla con una intensidad sobrenatural.
No es él. Es su lobo.
La parte más salvaje de su naturaleza ha tomado el control, guiada únicamente por el instinto que el rut ha despertado en ambos, y sabe que contra eso no hay nada que pueda hacer.
Un nuevo gruñido por parte de Fenrir le deja claro que el tiempo para razonar ha terminado. Sus labios son tomados una vez más y devorados sin tregua ni piedad. En su interior, su loba también le exige guardar silencio, dejar de razonar y solo sentir.
El resto de su ropa sufre el mismo destino que su camisa; termina semirrasgada y tirada en algún lugar de la habitación, pero no le importa. Cuando deja de encontrar una razón para negarse a lo que ocurre, ella también sucumbe a su instinto y desviste al mayor con la misma urgencia y deseo.
Mientras las manos de Fenrir recorren su cuerpo desnudo, dejando marcas sobre su piel, Alison envuelve sus piernas alrededor de las caderas de él, aferrándose a ese agarre con todas sus fuerzas. El roce firme de la virilidad de Fenrir contra su bajo vientre la hace jadear; sus sentidos se ven inundados por una descarga eléctrica de placer que exige más, y sus uñas clavándose en la espalda de él, dejando marcas de arañazos, son la prueba de ello.
—Mía…
Aquello, más que una simple palabra dicha por el lobo, es una sentencia; pero ninguno de los dos tiene interés en prestar mayor atención a lo que esa palabra implica en su totalidad. Alison solo se entrega al placer que el Alfa le ofrece y, cuando este la toma para llevarla hacia la cama, solo cede totalmente ante su contacto.
Tan pronto como el cuerpo de la pelirroja cae sobre la cama y sin la más mínima intención de alargar más la espera por saciar su deseo, Fenrir separa las piernas de Alison y, un instante después, su virilidad comienza a abrirse paso dentro de ella. El calor y la estrechez que lo reciben, así como el jadeo ahogado y la forma en que la espalda de ella se curva, exponiendo sus pechos como si fueran un manjar preparado solo para su disfrute, hacen que Fenrir ceda del todo el control a su lobo.
Cuando las uñas de ella se clavan en sus antebrazos, en un desfogue con el que busca mitigar el ligero escozor que siente al recibirlo, Fenrir la mira fijamente y una sonrisa descarada se dibuja en sus labios mientras toma sus caderas con fuerza y comienza un vaivén desenfrenado. La intensidad del momento hace que, por un instante, alcance a notar el sonido de la cama al chocar contra la pared.
Los gemidos de Alison, junto con la presión que ejerce su interior al estrecharse y recibirlo, son el mayor de los incentivos para que el Alfa busque darle tanto placer como sea posible.
Hasta ese momento, Fenrir puede asegurar que nunca había sido el tipo de lobo que pudiera decir que el olor de las feromonas lo hacían perder la razón, y mucho menos cuando estas provenían de una Omega. Ni siquiera cuando sabía que su rut estaba cerca las elegía como parejas de cama. Si debía ser sincero, siempre había tenido predilección por las Gammas o las Betas, ya que, al no tener feromonas ni instintos de sumisión o deseos de marcas y lazos como las Omegas, era más fácil simplemente divertirse e irse al siguiente día sin tener que dar ningún tipo de explicación.
Pero, en ese preciso momento, el olor de las feromonas de la Omega bajo él no solo puede describirlo como el más adictivo que había percibido en sus veintiocho años de vida; también era la primera vez que se sentía deseoso de ser el único lobo capaz de percibirlo.
La idea de que alguien más llegara a disfrutar de ese aroma tan adictivo o a ver esos hermosos ojos azules bañados en deseo, justo como él lo estaba haciendo en ese momento, hace que su lobo muestre una posesividad que nunca antes había llegado a mostrar con ninguna otra mujer.
—Fenrir…
Cuando escucha su nombre ser pronunciado en un tono tan bajo y cargado de placer, toma la decisión de que definitivamente nadie más podría tener esa imagen de ella. Sin dejar de prestar atención a cada reacción de la pelirroja ni detener las caricias que recorren sus costados, acerca su rostro a su cuello y se deja envolver aún más por las feromonas que se desprenden de su piel.
—Di que eres mía…
Sus palabras no salen como una petición; son más un mandato que una solicitud de permiso.
Alison intenta pensar un poco, pero la bruma del placer que la envuelve no le permite reaccionar ni razonar de manera correcta, menos aun cuando siente la lengua del más alto recorrer la piel de su cuello y bajar en un camino que se detiene cerca de su hombro hasta que siente sus dientes rasgando su piel. Por instinto, termina llevando sus manos al cabello de Fenrir y cerrando los dedos sobre este, tirando ligeramente mientras asiente y jadea con fuerza al sentir cómo el instinto del Alfa se impone sobre el de su Omega y se apodera del momento.
—Tuya… soy tuya…
En medio de aquella sensación abrumadora, Alison siente como los dientes de Fenrir abandonan su carne y un hilo de sangre recorre su hombro mientras ella deja caer la cabeza hacia atrás y permite que el instinto tome el control por el resto de la noche.







