#3

Tan pronto como la puerta de la casa se cierra, Alison deja escapar un suspiro pesado en un intento vano de que este se lleve el cansancio tan horrible que siente en el cuerpo, mientras, Hagen corre por delante de ella, apresurándose a tomar su lugar en el sofá frente a la tv.

—Hagen —llama Alison mientras se dirige a la cocina—. Toma un baño antes de sentarte a ver tv, pediré una pizza para cenar.

Aunque en un principio su mirada se mantiene fija en la tv mientras busca un programa para ver, al escuchar las palabras de su madre, rápidamente la mirada de Hagen se desvía de la pantalla cuando esta anuncia su intención de pedir una pizza para cenar. Si bien es cierto que como todo niño disfruta de comer pizza, también lo es que, aunque su madre intenta ocultarle todos los problemas, él es más que consciente del delicado estado en el que se encuentran sus finanzas debido a los gastos de su control médico y pedir una pizza después de haber estado todo el día en el médico no hace sino sumar más gastos a su ya delicada situación. Frunciendo ligeramente la nariz, se coloca de pie y se apresura a ir a la cocina, al llegar se abraza a su madre y la mira con una gran sonrisa en su rostro.

—¿Quieres helado con tu pizza? —pregunta en tono bajo mientras deja una suave caricia en el rubio cabello de su pequeño.

Hagen se apresura a negar. 

—Quiero comer el fårikål de mami

Alison detiene su caricia por un momento y solo lo mira fijamente, al final asiente y sigue acariciando su cabello.

—Está bien, te haré un poco mientras te bañas.

La respuesta de su madre hace que la sonrisa de Hagen se agrande aun más y tras asentir levemente se apresura en ir hacia el baño para tomar su ducha.

—¡No corras dentro del baño!

—No, mamá.

Al quedar sola dentro de la cocina, Alison se toma unos segundos y se permite apoyarse contra la pared sintiendo como su cuerpo comienza a resentirse por todo el cansancio que lleva acumulado del día, pero antes de que su cuerpo busque caer totalmente, se recuerda a sí misma que no puede permitir que Hagen note su cansancio. Tomando una respiración profunda, se aparta de la pared y se coloca el delantal para sacar la carne y el repollo de la nevera, llevando la carne al microondas para que comience a descongelarse.

Mientras espera, toma su bolso que aún descansa en la encimera de la cocina para llevarlo a la habitación, abriéndolo busca su celular, pero al encontrarlo, su mirada también se encuentra con la tarjeta de contacto de la clínica en Francia, el médico se la dio cuando estaba por retirarse del hospital. Tomando asiento, toma la tarjeta y observa el numero por un minuto que llega a sentirse eterno, luego, el monto dicho por el médico vuelve a aparecer en su cabeza.

«Un millón.»

La cifra sigue ahí, invariable y repitiéndose una y otra vez.

Incluso si solo lo hiciera para probar si este tratamiento puede ayudar a Hagen, sigue siendo una cantidad de dinero considerable. Dejando escapar un suspiro de frustración, su mano sube a su boca y por reflejo muerde su dedo pulgar mientras repasa toda la situación. Aunque no le gusta, tiene que reconocer que por más que quiera proteger a su pequeño, hay cosas contra las que no puede luchar sola.

Finalmente, y cansada de que su cabeza de vueltas sobre un mismo tema sin darle ninguna otra salida, termina tomando una decisión, una que esperaba nunca tener que poner sobre la mesa y que había estado evitando en todo ese tiempo.

Tomando su teléfono, abre el marcador y coloca ese número que se sabe de memoria, aunque no lo ha marcado en mucho tiempo. Rápidamente el nombre aparece en el identificador mientras escucha los tonos de fondo para conectar la llamada.

Un tono.

«Esto es una locura, él no va a aceptarme.»

Dos tonos.

«¿De verdad crees que es solo llamar y te van decir que puedes regresar tan fácil?

Tres tonos.

«El nunca deja que suene tantas veces… Pero ¿qué era lo que esperabas?»

Cuando el cuarto tono se escucha de fondo, aparta el teléfono de su oído para colgar la llamada, pero antes de que pueda hacerlo, la voz de Scott, su antiguo líder en el comando de protección táctica se escucha del otro lado.

—Sabía que algún día llamarías —dice de manera directa, ni un hola o alguna otra palabra sin sentido.

Alison cierra los ojos por un instante y sonríe ligeramente.

—Hola, Scott —dice en un tono bajo—, a mí también me alegra que estés bien.

Del otro lado se escucha una pequeña risa.

—No voy a fingir sorpresa, aunque debo admitir que tardaste más de lo que esperaba en volver a llamar —del otro lado, además de su voz, se alcanzan a escuchar un par de disparos, aun así, él continúa hablando como si nada—. De hecho, estaba pensando en ti justo ahora.

Escuchar los disparos de fondo le da una idea de porque Scott tardó en atender la llamada, aun así, ignora eso y frunce ligeramente el ceño ante su comentario.

—¿En mí?

—Sí. Tengo un cliente de categoría S —una pequeña pausa se hace presente en la conversación en el momento que Scott grita a otra persona que limpien ese desastre, que quiere irse a casa temprano—. Sabes como funciona, un cliente así solo puede ser atendido por lo mejor de lo mejor.

Alison sabe bien a lo que Scott se refiere y aunque por un momento, los nervios se disparan por su cuerpo y la voz en su cabeza le dice que eso es una total locura y además una mala idea, su mirada recae nuevamente en la tarjeta sobre la cama.

—Mmm...

—Antes de que digas que no, escucha.

Ella guarda silencio antes de poder decir nada más.

—Se que lo que te pido es demasiado, más porque tienes a Hagen...

Al escuchar el nombre de su hijo, la expresión de Alison cambia. Las misiones de categoría S no son simples trabajos de protección de los que puedes salir cada viernes en la noche para disfrutar del fin de semana. En una operación de ese rango, el más mínimo error puede costar vidas.

—Necesita un equipo completo.

—Se que tienes a los necesarios para armar un equipo completo.

—Ya lo hice —asegura con total confianza, luego, una pausa ligeramente larga le sigue a sus palabras—. Pero hay un problema.

Alison sabe cómo terminará lo que viene, pero se recuerda que ella misma fue quien llamó y que esa es la única forma de conseguir el dinero que necesita.

—¿Cuál?

La voz de Scott se vuelve más seria, pero con la complicidad necesaria para que quede clara la confianza que siente por ella.

—Mi equipo de élite nunca estará completo si tú no estás allí.

Ella permanece en silencio por un par de minutos.

—Scott —comienza luego de que logra acomodar sus ideas—, hace años que no tomo una misión y mucho menos de ese nivel.

—Lo sé.

—Tengo a Hagen.

—También lo sé.

La forma en que lo dice le deja claro que sabe exactamente por qué desapareció del campo, por qué dejó de aceptar trabajos peligrosos y por qué eligió una vida más tranquila.

—Pero también sé que, si llamaste después de tanto tiempo, es porque algo no está yendo bien —esta vez su tono es como el de un padre que le habla a un hijo que está pasando por dificultades—. Serás solo el cuerpo médico, no tienes que salir a campo abierto, además, sabes que las misiones tipo S muchas veces son solo niños mimados queriendo pasar un tiempo como si de verdad algo interesante estuviera pasando en sus vidas.  

Sí eso es cierto, en otras oportunidades habían aceptado ese tipo de misiones y solo eran unos tontos jugando a ser interesantes mientras su único problema de seguridad era una o un ex muy intenso.

—¡Mami! —llama Hagen entrando en la habitación de su madre vistiendo un pijama azul de bomberos—, estoy listo.

Y ver la radiante sonrisa de su hijo es todo lo que Alison necesita para disipar sus dudas y plantarse firmemente ante la única solución rápida y confiable a la que puede aferrarse en ese momento. Hagen es su todo, y va a hacer lo que sea necesario para protegerlo y a su radiante sonrisa.

—Te veré mañana.

Es su respuesta antes de cortar la llamada y levantarse de la cama para tomar la mano de su pequeño e ir de regreso a la cocina para prepararle su estofado.

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