La biblioteca a las dos en punto se sentía como el interior de un ataúd recubierto de nuevo.
El aire era denso; olía a cera para muebles, a té frío y al tenue y punzante ozono emitido por las tres lentes de alta definición cifradas y montadas sobre trípodes de fibra de carbono en el centro de la alfombra persa. La lluvia afuera se había asentado en una llovizna constante y gris, como agujas que repiqueteaban contra los cristales emplomados, proyectando un lavado apagado y de color peltre a trav