La lluvia en Ginebra no lavaba la ciudad; pulía la piedra hasta que los bancos parecían mausoleos.
Fuera del vidrio de triple capa y reforzado del pabellón de patrimonio privado en Place Bel-Air, el Ródano se movía con una pesadez espesa y gris, crecido por el desbordamiento de las montañas y el frío deshielo alpino. Adentro, el silencio era absoluto: una quietud densa y costosa que se sentía como si hubiera sido preservada bajo una campana de cristal desde el siglo XIX. Aquí no había monitores