La náusea no entendía de imperios globales. Llegó al amanecer, violenta y hueca, arrastrándome de rodillas al frío suelo de baldosas del baño antes de que el sol pudiera siquiera asomar por los acantilados. Dos meses. Sesenta días de un latido diminuto y frágil que me anclaba a un mundo que giraba violentamente fuera de control.
Apoyé la frente contra la porcelana, con la respiración entrecortada en jadeos ásperos y superficiales. Mi mano cayó por instinto sobre mi estómago. Seguía plano, apare