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Hay violaciones que la ley no reconoce porque el cuerpo consintió aunque la mente gritara no.

Tres días habían pasado desde que Morgana tomó control de mi cuerpo, y yo no había dirigido una sola palabra a Damián. Él lo intentaba, por supuesto. Aparecía en mis aposentos con esa expresión destrozada que conocía tan bien, las manos extendidas como si quisiera tocarme pero sin atreverse a cruzar la distancia invisible que se había instalado entre nosotros.

—Adriana, por favor —había susurrado la primera mañana, cuando me encontró de pie junto a la ventana, contemplando los jardines sin verlos realmente—. Tenemos que hablar de lo que pasó.

Yo no me volví. No podía. Cada vez que lo miraba, veía esa hora. Mi cuerpo moviéndose sin mi permiso, mis manos acariciando su piel mientras mi mente gritaba que parara. Y él.

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