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Decidí darles tres días cada uno: tres días para convencerme de que son el hombre que debo salvar y el que debo amar por el resto de mi vida.

El anuncio llegó al día siguiente, cuando el sol apenas comenzaba a teñir las torres del palacio con tonos de oro pálido. Adriana los había convocado a ambos a la sala del trono, un espacio que rara vez usaba pero que ahora necesitaba por su formalidad, por la distancia que imponía entre los tres. El Rey llegó primero, con los ojos enrojecidos de una noche sin dormir y una expresión que parecía tallada en piedra. Damián entró minutos después, con la mandíbula apretada y los puños cerrados a sus costados, cada línea de su cuerpo vibrando con una tensión que hac&iacu

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