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Confiar en quien juró destruirte es optimismo; sorprenderte cuando te traiciona es idiotez, y Adriana acababa de graduarse con honores.

El pequeño cuerpo de Kael se incorporó de la cama con una gracia que nunca había poseído. Sus movimientos eran demasiado fluidos, demasiado calculados para un niño de cinco años. Observé cómo sus ojos —ahora de un rojo carmesí idéntico al de Ravenna— escaneaban la

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