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Arrullar a tu bebé es tierno hasta que te das cuenta que una de las consciencias que duermes planea matarte cuando crezca.

Kael dormía en mis brazos con la serenidad que solo poseen los recién nacidos, ajeno a la tormenta que había desatado su nacimiento. Sus pequeños puños se cerraban y abrían en sueños, y cada respiración suave era un recordatorio de cuán frágil era esta criatura que contenía dentro de sí el poder de destruir todo lo que amaba.

Damián no había apartado la mirada de nosotros desde que regresamos a nuestras habitaciones. Permanecía de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y esa expresión que conocía demasiado bien: la de un hombre calculando probabilidades de supervivencia.

—Necesitamos respuestas —murmuré, ajustando la manta alrededor de Kael—. No podemos criar a un niño sin ente

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