El silencio en la habitación era tan denso que Khaled podía escuchar el latido de su propio corazón. Frente a él, Mariana permanecía inmóvil, con las maletas a medio hacer sobre la cama. La había encontrado así, empacando sus pertenencias como una ladrona en la noche, preparándose para desaparecer sin despedirse. La rabia, el miedo y la desesperación se mezclaban en su interior como una tormenta de arena, implacable y devastadora.
—¿Así que simplemente te ibas a ir? —preguntó con voz controlada,