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El Palacio Al-Fayad resplandecía aquella noche como una joya en medio del desierto. Los jardines habían sido decorados con miles de luces que parecían estrellas caídas del cielo, y el agua de las fuentes danzaba al ritmo de una suave música tradicional. Khaled observaba desde la ventana de su despacho cómo los últimos preparativos tomaban forma. El banquete diplomático de esta noche no era un evento cualquiera; representaba la culminación de meses de negociaciones con inversores extranjeros que