El desierto tenía su propio lenguaje. Khaled lo conocía desde niño, cuando su padre lo llevaba a largas expediciones para enseñarle que un verdadero líder debía entender la tierra que gobernaba. Ahora, mientras contemplaba el horizonte desde lo alto de una duna, reconoció los signos sutiles que el viento traía consigo: un cambio en la temperatura, una coloración amarillenta en el aire distante, la inquietud de los camellos.
—Debemos regresar —murmuró para sí mismo, girándose hacia donde Mariana