La noche había caído sobre el palacio como un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas. Khaled caminaba por los jardines, sus pasos silenciosos sobre el sendero de piedra pulida. El día había sido particularmente agotador: reuniones con ministros, negociaciones con inversores extranjeros y, para colmo, las insinuaciones cada vez más directas de su tía Samira sobre un nuevo matrimonio.
Necesitaba aire. Necesitaba silencio.
Los jardines nocturnos ofrecían un refugio que pocos apreciaban. D