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Mariana contempló su reflejo en el espejo de cuerpo entero, apenas reconociéndose. El vestido color esmeralda que Khaled había enviado a sus aposentos esa mañana se ajustaba perfectamente a su figura, como si hubiera sido confeccionado específicamente para ella. La tela de seda caía con elegancia hasta sus tobillos, mientras que el escote modesto pero favorecedor realzaba su cuello y clavículas. Sus rizos oscuros habían sido domados por una estilista del palacio en un recogido sofisticado que de