Khaled observaba desde la ventana de su despacho cómo Mariana jugaba con Amira y Sami en los jardines del palacio. Su risa cristalina llegaba hasta él, transportada por la brisa cálida del desierto. Había algo en aquella mujer que desafiaba toda lógica. En apenas unas semanas, había conseguido lo que nadie había logrado en años: devolver la alegría a sus hijos.
Sin embargo, también había traído consigo un caos ordenado que alteraba la estricta rutina del palacio. Los sirvientes la adoraban, pero