El sol de la tarde se filtraba por los ventanales del despacho privado de Khaled, proyectando largas sombras sobre los documentos esparcidos en su escritorio de caoba. Llevaba horas revisando contratos y propuestas comerciales, pero su mente, traicionera, se desviaba constantemente hacia pensamientos que no debería permitirse.
Frotó sus ojos cansados y se reclinó en el sillón de cuero. El silencio del palacio a esa hora resultaba casi opresivo. Todos sus asistentes se habían retirado, excepto Fa