La mañana resplandecía sobre los jardines del palacio. El sol de Alzhar, más brillante que el de México, bañaba con su luz dorada las fuentes y los senderos de mármol blanco. Mariana había decidido que era un día perfecto para que los niños jugaran al aire libre. Después de semanas encerrados en las habitaciones del palacio, entre lecciones y actividades controladas, necesitaban correr, reír y sentir la brisa en sus rostros.
—¡Vamos, Amira! ¡Atrápame si puedes! —gritó Sami mientras corría entre