El amanecer en Alzhar llegó con una calma engañosa. Khaled observaba desde el balcón de sus aposentos cómo los primeros rayos del sol teñían de dorado las cúpulas del palacio. Sus manos, apoyadas sobre la barandilla de mármol, se tensaron hasta que los nudillos se tornaron blancos. La conversación que había escuchado la noche anterior entre Rashid y los consejeros resonaba en su mente como un eco interminable.
"Mariana es su debilidad. Si la controlamos a ella, lo controlamos a él."
Las palabras