El silencio en los aposentos privados de Khaled era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Sentado tras su escritorio de caoba, el jeque contemplaba el horizonte a través de los ventanales que daban al desierto. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rojizos, pero la belleza del atardecer no lograba calmar la tormenta que se agitaba en su interior.
Había mandado llamar a Rashid. La conversación que estaba por tener debió ocurrir hace mucho tiempo, pero Khale