Hablar de ese tema con el Alfa hacía que el corazón de Sigrid latiera con fuerza desmedida. Cada palabra relacionada con hijos y futuro le agitaba el pecho, porque ellos ya hasta tenían un hijo y él ni siquiera lo imaginaba. Aun así, le gustaba que él hablara de ello con ella, que la incluyera en un pensamiento tan íntimo.
Sigrid era solo su amante, y como tal no tenía el deber de darle descendencia. Las amantes podían concebir hijos del Alfa, sí, pero no era una obligación impuesta, como sí lo era para la Luna del Clan, cuya responsabilidad era engendrar herederos legítimos.
Los hijos nacidos de una amante siempre serían reconocidos como hijos del Alfa, pero jamás podrían aspirar a cargos importantes dentro de la jerarquía: no serían futuros Alfas, ni Betas, ni Deltas. Eran considerados ilegítimos y, por ley, quedaban excluidos de cualquier puesto de mando.
Sin embargo, Asherad no hablaba desde la norma ni desde la política del Clan. Hablaba desde el sentimiento que lo unía a Sigrid,